La fiesta de los toros vive un momento crucial de su historia. Y no sólo y exclusivamente por el debate político, antes que artístico, que se celebra en el Parlamento de Cataluña, sino por su propia y especial idiosincrasia. La crisis económica, la decadencia del toro bravo, las estructuras caducas y obsoletas del negocio, la desunión e intereses contrapuestos de los distintos sectores profesionales, unos canales representativos propios del sindicato vertical y la presión política y social de antitaurinos y nacionalistas son algunos -no todos- de los síntomas que presagian un futuro problemático para un espectáculo enraizado en la historia de este país.
Pero este arte sublime -una de las manifestaciones culturales más importantes en la historia de nuestro país- corre un serio peligro de desaparición si persiste en una actitud indolente mientras la sociedad se decanta por otras opciones de ocio.