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viernes, 18 de mayo de 2012

Savater y Vargas Llosa a favor de la tauromaquia



Titanes de la cultura exponen razones por las que van a las corridas de toros

- Publicado el Lunes 14 de mayo por TAUROMAQUIAS.com en el diario El Men   

El filósofo y escritor Fernando Savater ofreció en Madrid la conferencia "Arte, crueldad y traición", en la que se adentró en los principios morales y éticos de la Fiesta Brava, y en ella proclamó que "con el fin de las corridas se produciría el holocausto del toro bravo".

"El toro bravo es una obra de arte biológica creada por el ser humano para un algo determinado: su lidia en una plaza de toros. El día que desaparezca esa función para la que se ha creado, desaparecerán todos", afirmó el filósofo donostiarra.


Y con el objetivo de no dejar "palabras vacías" que sirvan de argumento para descalificar esta proclama, Savater va más allá, matizando minuciosamente sus palabras:

"El toro es un animal bravo pero doméstico, es decir, que se ha creado por el hombre para un beneficio económico, al igual que los caballos de carreras; y si no se produjera ese beneficio dejaría de existir, simplemente porque no sería rentable criarlos desde un punto de vista económico", indicó.

"No se podría comparar -añadió Savater-, por ejemplo, con los osos polares o los osos pandas, que, son especies protegidas, ya que el toro bravo requiere de unos cuidados específicos para su existencia, y dejarlos a su libre albedrío en la naturaleza, como muchos quieren, también les llevaría a su extinción".

Para Savater el toreo es un "arte" que simboliza "el ideal de la soledad del hombre que afronta con valor un cara a cara con la fiera mientras que nosotros lo contemplamos desde la cobardía del tendido", algo "increíble" que, evidentemente, tiene sus "defensores y sus detractores".

Por este motivo realizó una comparación muy elocuente: "los toros son como los chistes, algunos los entienden y otros no, y no por eso hay que prohibirlos", así que "hay que protestar para que institucionalmente no se prohíban; así se coarta la libertad de los que sí lo entienden".

Aún así Savater es "pesimista" con respecto al futuro de los toros, ya que el problema para él radica en "la tendencia de humanizar a los animales, equiparar los derechos de los humanos con los animales".

"Los seres humanos tenemos unos derechos porque comprendemos también nuestros deberes. A los animales no les podemos imponer unas obligaciones porque son irracionales, y por eso, no pueden compartir los mismos derechos".

Según Savater, y haciendo alusión al filósofo francés Rousseau, los seres humanos tienen un "contrato social unos con otros", mientras que con los animales tienen "un trato", que no debe ser "irresponsable", pero son "pautas de comportamiento que están más unidas con la sensibilidad que con la moralidad".

Circunstancia ésta por la que considera que el argumento de la moralidad para rechazar la fiesta taurina es "intolerable".

"La moral es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Descentrarse. Cada ser es el centro del mundo para si mismo, pero los seres humanos a través de la moral o la conciencia ética somos capaces de ponernos en el lugar de los demás. Ser humano con el prójimo. Pero no nos podemos poner en lugar de un animal", apostilló.

Y también habló sobre lo que él considera como maltrato animal: "tratarlo de distinta manera de para lo que fue creado". Por eso las corridas de toros no son un espectáculo "cruel", sino "crudo".

"¿No es acaso cruel vivir con los desengaños amorosos, la crisis espantosa que hay, la pérdida de seres queridos, las enfermedades, el paro...? Si hemos decidido que los toros, los caballos y demás animales compartamos la misma moralidad, ¿Por qué no desaparece también la raza humana?" se preguntó el filósofo.

Por eso, y a modo de conclusión, "mientras perviva la absurda tendencia moderna de hoy en día -prosiguió Savater- es pensar en los animales como divinidades u hombres disfrazados, es decir humanizar a los animales, y no los veamos como los seres que son y para qué son, la afición taurina irá decayendo. Pero confío en que todo vuelva a su ser, por el camino de la cordura", finalizó.

Por su parte, el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, hizo una defensa “sin complejos” de las corridas de toros en la capital española, y dijo que estos animales son “tratados con amor” desde que nacen hasta su lidia.

“Es un animal privilegiado, tratado con un inmenso amor desde que nace y hasta su lidia en el ruedo, aunque lo ignoren muchos animalistas”, declaró en una intervención en el acto de inauguración del “Espacio Arte y Cultura”, en los aledaños de la Plaza de Toros de Las Ventas.

Advirtió también que no tiene lógica la prohibición a los menores, ya que para él “los toros son alta pedagogía”, insistiendo en que “yo llevé a mis hijos (a la plaza) cuando eran pequeños y ninguno ha salido cruel, ni mucho menos, porque este es un espectáculo de creación de belleza como la poesía, la música y la novela”.

Vargas Llosa consideró que “el antitaurinismo tiene distintos frentes, y hay una cultura animalista respetable que ve crueldad“, aunque advierte que “es una interpretación equivocada”.

La inauguración multitudinaria contó con la presencia del ministro de Cultura, Educación y Deporte, José Ignacio Wert; la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, y la alcaldesa de Madrid, Ana Botella.



Más: Páginas taurinas publicadas por TAUROMAQUIAS.com en el diario El Men

lunes, 8 de marzo de 2010

Ya están listos los toros para Cutervo 2010

A la venta los abonos para la Feria del Centenario

Artículo publicado hoy por Tauromaquias en el diario El Men

Ya están a la venta los abonos para la Feria San Juan Bautista, Cutervo 2010, y más vale ir separando el abono porque este año se celebra el primer centenario de esta importante provincia cajamarquina y todo indica que la feria cutervina recuperará la importancia que nunca debió perder.

El 26 de febrero el presidente del Comité de Feria, Wilson Lozada, junto a su asesor taurino Percy León, adquirieron en Medellín (Colombia) un encierro de la ganadería Monterrey, de Jorge Agudelo, que será lidiado el 30 de junio.


Además, el comité ferial ya ha comprado dos encierros de la ganadería Roberto Puga, que se correrán los días 28 y 29 de junio; así como tres ejemplares de La Centinela y siete de Santa Rosa de Lima, que participarán desde el 24 de junio.

Son 28 los toros que se lidiarán en la Monumental Plaza de Toros Jorge Piedra Lozada durante la Feria del Centenario, en la que se realizarán cuatro festejos y tres corridas formales.

Falta definir a todos los extranjeros, pero ya se tiene asegurada la participación del matador español David Gil, del peruano ‘Alfonso de Lima’ (Simpson) y del rejoneador español Pedro Calero.

Además se barajan los nombres de otros matadores nacionales como Fernando Roca Rey y Juan Carlos Cubas, y de los españoles José Luis Moreno, Francisco Javier Corpas y Juan Chávez

En la primera semana del mes de abril se anunciarán los carteles para la presente temporada cutervina. El precio de los abonos va desde los S/. 90 soles a los S/.150 soles por toda una inolvidable semana de sol, sangre y arena.

KÚNTUR ALZA VUELO. El novillero peruano Kúntur Alfaro cumplió 21 años y lo celebró donde los hacen los toreros: en el ruedo. La cita fue el sábado 6 de marzo en el Cortijo Lomas de Villa, ubicado junto al santuario ecológico Pantanos de Villa de Chorrillos.
Para los Alfaro, la celebración fue doble pues acaba de cumplir 45 años la decana de las revistas taurinas del Perú, Palmas & Pitos, dirigida por el ex matador de toros Andrés Sihuay Alfaro, 'El Pini'. Además, Kúntur alista maletas para ir a prepararse a España.

CARO REPRESENTANTE. El ex matador, picador y fiscal de la Asociación de Auxilios Mutuos de Toreros del Perú, César Caro, ha dado a conocer a los organizadores de eventos taurinos y afición en general que este año representa a los siguientes toreos y rejoneadores extranjeros, además de los nacionales:
Los matadores Ángel Gómez Escorial, Tomás López, Valentín Ruíz, Jesús de Alva, y Francisco Marcos (España), Cristóbal Pardo (Colombia), y Javier Cardozo (Venezuela).
Los novilleros José Antonio Pavón Galán (España), Victoriano García (Colombia), y Jose Miguel Parra Zambrano (Venezuela).
Los Rejoneadores Andrés Ruíz (Colombia) y Francisco Javier Rodríguez (Venezuela).
Se espera que el buen César Caro, en su condición de representante de los toreros peruanos, haga cumplir la Ley del Artista.

SAVATER TAURINO. El Premio Planeta de Novela 2008, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, y Premio Ortega y Gasset 2000 de Periodismo, Fernando Savater; ha publicado un artículo en defensa de los toros a propósito del debate en el Parlamento catalán sobre la pretendida prohibición de las corridas.
Savater concluye: “A fin de cuentas y lo más importante: se trata de una cuestión de libertad. La asistencia a las corridas de toros es voluntaria y el aprecio que merecen optativo para cada cual. Comprendo perfectamente que haya quienes sientan rechazo y disgusto ante ellas, como a los demás nos pasa ante tantos otros espectáculos, hábitos y demostraciones culturales. Pero que eso faculte a las autoridades de ningún sitio para decidir desde la prepotencia moral institucionalizada si son compatibles o no con nuestra ciudadanía resulta un abuso arrogante”.



jueves, 21 de mayo de 2009

El arte de jugarse la vida

El catedrático de filosofía de la Universidad de París, Francis Wolff, ha obtenido el II Premio Manuel Ramírez organizado por el diario ABC de Sevilla, con el siguiente artículo:


Se escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos tópicos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de españolada, tremendismo del torero descamisado) o más antiguos aún (toros = España negra, vergonzante cara del pasado). Sí, ya sé: sé que para muchos españoles los toros despiertan espontáneamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nostálgico, vagamente vergonzoso, de tener que vérselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensión social, la educación del pueblo, la evolución de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. Sí, ya sé: sé que para muchos jóvenes españoles la palabra «tauromaquia» evoca carteles de otra época, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espectáculo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de España, es decir, a una de las naciones más avanzadas de Europa de la que por lo demás uno puede sentirse orgulloso. A todos esos españoles, jóvenes o menos jóvenes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya sólo la Fiesta Nacional de España. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.

¿Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de París atestado, cientos de personas de las que la mayoría no habían puesto nunca sus pies en España, e ignoraban absolutamente todo de la «fama negra» de los toros, habían pagado cara su entrada por el único placer de homenajear la heroica carrera de un torero... colombiano (César Rincón)? Claro que para todos esos turistas que visitan España a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el «exotismo» español barato, y el torero es algo así como «Manolete-ElCordobés-del brazo de su bailaora con castañuelas», o (para los más cultivados ¡ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condición, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quizás muchos españoles, que uno de los más grandes toreros de la historia está vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera década del siglo XXI es francés, o que fue prácticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la ópera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de Nîmes (95,980 espectadores).

  CORRIDAS DE TOROS: MÁS QUE UN ESPECTÁCULO ESPAÑOL. Paseíllo en la plaza de toros de Nîmes, Francia (Foto: El País/Gabriel)

Un poco de pudor y muchos escrúpulos me impiden evocar mi infancia que está en las antípodas de las de los intelectuales españoles antitaurinos. Bastará decir que esa infancia en el cinturón de París, con mis padres judíos alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 años, al azar de una escapada estudiantil en la región de Provence. Para muchos españoles de mi generación, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los vivía con indiferencia, aceptación o rechazo de una «cultura» vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por sí mismo. Para mí la corrida de toros es una amiga que he elegido tan próxima como la música y sin la cual podría difícilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo más bien la impresión que ella me ha elegido a mí; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: «Fue como una revelación». No, los toros ya no son sólo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un público cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geográfica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar «allí» (¿sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.

Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no está ya en la «modernidad». La modernidad en el sentido estricto se acabó hacia el final de los años ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideologías, el fin del sueño en el progreso y el agotamiento de los discursos dogmáticos de las vanguardias artísticas (formalmente revolucionarias, políticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la «posmodernidad» o lo contemporáneo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca «moderna», pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo «contemporáneo». Lo moderno está ligado al progreso, a la «velocidad», a la industrialización sistemática (comprendida la de la ganadería de carne); lo contemporáneo y la corrida están ligados a la biodiversidad, a la ganadería extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad sólo veía la salvación a través de la comunidad y la sociedad, en el «todo es política», lo contemporáneo y la corrida renuevan con los valores del héroe solitario (pensemos en el culto contemporáneo hacia los éxitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una ética de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de sí mismo. La modernidad quería esconder la muerte (simple «no vida» igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del frío vacío de las salas mortuorias o a la mecánica funcional de los mataderos; lo contemporáneo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostrándola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negación. Era -se decía- el fin de los ritos en los que lo único que se veía eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contemporáneo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuración en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contemporáneo inventa una nueva figuración, el cine de Almodóvar, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo trágico, los colores chillones y la emoción más pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la «representación», el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la más sabia de las artes populares- mezcla la transfiguración de lo real y su presentación en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representación clásica de la belleza y de presentación en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contemporáneo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy más aún que ayer- sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.

Quizá se podrá afirmar: ¿pero el espectáculo del sufrimiento animal, dada la evolución de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuestión de historia (moderna o no) ni de geografía (España negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de río -es una cuestión de sensibilidad-. Ésta permite a algunos ver al toro como víctima, la mía sólo ve en él un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en él un héroe contemporáneo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jugándose la vida -sin más, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relación con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. ¡Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres -o incluso de los animales- ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.



Artículo publicado en el diario ABC, el 28 de agosto de 2008

domingo, 1 de junio de 2008

La ética de las corridas de toros

"Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida".

Por: Francis Wolff (*)

No, la corrida de toros no manifiesta cualquier cruel indiferencia hacia la vida y el sufrimiento. Al contrario, es portadora en sí misma de una ética coherente y respetuosa con los animales. Si la corrida desapareciera de las regiones de Europa donde forma parte de la cultura, se produciría también una pérdida moral, sería también privar a los pueblos del mediterráneo de una irreemplazable relación con los animales, la que siempre han mantenido con los toros bravos. Porque en todas las regiones del mundo en las que ha habido toros bravos han existido combates de toros. Es una constante antropológica. Enfrentarse al toro, imagen natural del combatiente y símbolo permanente del poder, es el sueño eterno del hombre.

La corrida no es ni inmoral ni amoral en relación con las especies animales. La relación del hombre con los toros durante su vida y su último combate es desde muchos puntos de vista ejemplo de una ética general. Su primer principio sería: hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros, están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos. Y la ética general de la corrida es justamente la codificación de este principio. Pues la moral de la lidia se resume a esto: el animal debe morir, el hombre no debe morir. Es desigual, por cierto, pero esta desigualdad es justamente moral en su principio. Si las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo romano, ¿no sería bárbaro? En la corrida el toro muere necesariamente, pero no es abatido como en el matadero, es combatido. Porque el combate en el ruedo, aunque sea fundamentalmente desigual, es radicalmente leal. El toro no es tratado como una bestia nociva que podemos exterminar ni como el chivo expiatorio que tenemos que sacrificar, sino como una especie combatiente que el hombre puede afrontar. Tiene, pues, que ser con el respeto de sus armas naturales, tantos físicas como morales. El hombre debe esquivar al toro, pero de cara, dejándose siempre ver lo más posible, situándose de manera deliberada en la línea de embestida natural del toro, asumiendo él mismo el riesgo de morir. Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida. Un combate desigual pero leal: las armas de la inteligencia y de la astucia contra las del instinto y la fuerza.

José Cubero "El Yiyo"

La corrida es, pues, lo contrario de la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas. Si el combate fuese igualitario, su práctica sería innoble para el hombre puesto que el valor de la vida humana se vería reducido al del animal -como en la formas de barbarie antigua que eran los juegos del circo romano-. Si el combate fuese desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de la vida animal se habría reducido al de una cosa -como en la barbarie moderna que suponen las formas extremas de ganadería industrial-. En la corrida el hombre no lucha ni contra un hombre ni contra una cosa. El hombre afronta su «Otro».

Una buena moral hacia los animales es también una moral diferenciada. No podemos ni debemos tratarlos a todos de la misma manera, al perro y al mosquito, al chimpancé y al toro bravo. Tenemos que ajustar nuestra conducta a lo que ellos son: sus necesidades, sus exigencias, sus tendencias, etc, evitando siempre el riesgo de antropocentrismo. Ahora bien, el toro de lidia es un animal naturalmente desconfiado, dotado como muchos otros animales «salvajes» de una especie de instinto de defensa, en su caso particularmente desarrollado, que se manifiesta desde el mismo momento de su nacimiento, la bravura, que lo incita a atacar de manera espontánea contra todo aquello que potencialmente pueda ser un «enemigo». Esta acción (o reacción) es la base de todas las tauromaquias. Y toda la ética taurómaca consiste en permitir a la embestida del toro, a esa fuerza activa, a esa naturaleza, manifestarse. La corrida no consiste en matar una bestia. Es todo lo contrario. La corrida, como su propio nombre indica, consiste en dejar al toro correr, atacar, embestir. Afrontar un animal desarmado, inofensivo o pasivo sería propio del matadero. La ética de la corrida consiste en dejar que la naturaleza del toro se exprese. Doblemente: en su vida, en su muerte.

Durante toda su existencia, en el campo, está en libertad. Y vive de acuerdo con su naturaleza «salvaje», rebelde, insumisa, indócil, indomable. En el momento de su muerte, combate hasta la muerte también de acuerdo a esa misma naturaleza: brava. Por cierto, el hombre quiere combatir, lo elige, cuando el animal está obligado al combate, no lo elige. Sin embargo el valor de la elección es un valor humano, la voluntad es una facultad humana, por tanto es cierto que el toro «no quiere el combate», pero no porque sea contrario a su naturaleza de combatir, sino porque es contrario a su naturaleza de querer, de elegir. Toda la ética del combate del ruedo consiste en permitir que la bravura del toro se manifieste. Expresarse, para el torero, es una cierta manera de estar inmóvil delante del toro; expresarse para el toro es una cierta manera de estar móvil, de moverse delante de cualquier adversario, congénere o no. Durante la lidia, el torero puede expresarse pero también debe permitir al toro expresarse a sí mismo, y lo que tiene por decir el toro bravo es algo así como: «Defenderé mi terreno, todo el ruedo es mío, todo el espacio es mi espacio vital, haré huir a cualquier extraño que lo pise, cogeré al que ose aventurarse, te expulsaré seas quien seas, volveré sobre ti para coger, y más, y más...» Ésta es la voz del toro bravo, tal como la hace oír el torero leal. El respeto por el toro en la plaza consiste en comprender esta voz que habla y finalmente hacerla cantar, en hacer pues una obra de arte con esa embestida natural y con su propio miedo de morir.


(*) Francis Wolff es catedrático de Filosofía de las Universidades La Sorbona (París) y de Sao Paulo (Brasil).



Fuente: ABC

Imagen: Fototeca Aragón. El 30 de setiembre de 1985, Burlero le partió el corazón al joven matador José Cubero "El Yiyo", de 21 años, en la plaza de toros de Colmenar (Madrid).

Artículos anteriores sobre tauromaquia:
- El Arte del toreo (14 de diciembre de 2006)
- Cómo se deben ver las corridas de toros (16 de noviembre de 2006)

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