domingo, 1 de junio de 2008

La ética de las corridas de toros

"Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida".

Por: Francis Wolff (*)

No, la corrida de toros no manifiesta cualquier cruel indiferencia hacia la vida y el sufrimiento. Al contrario, es portadora en sí misma de una ética coherente y respetuosa con los animales. Si la corrida desapareciera de las regiones de Europa donde forma parte de la cultura, se produciría también una pérdida moral, sería también privar a los pueblos del mediterráneo de una irreemplazable relación con los animales, la que siempre han mantenido con los toros bravos. Porque en todas las regiones del mundo en las que ha habido toros bravos han existido combates de toros. Es una constante antropológica. Enfrentarse al toro, imagen natural del combatiente y símbolo permanente del poder, es el sueño eterno del hombre.

La corrida no es ni inmoral ni amoral en relación con las especies animales. La relación del hombre con los toros durante su vida y su último combate es desde muchos puntos de vista ejemplo de una ética general. Su primer principio sería: hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre. Los deberes que tenemos hacia otras especies, incluso las más próximas a nosotros, están subordinados a los deberes que tenemos hacia los demás hombres, incluso los más lejanos. Y la ética general de la corrida es justamente la codificación de este principio. Pues la moral de la lidia se resume a esto: el animal debe morir, el hombre no debe morir. Es desigual, por cierto, pero esta desigualdad es justamente moral en su principio. Si las posibilidades del hombre y del animal fuesen iguales, como en los juegos del circo romano, ¿no sería bárbaro? En la corrida el toro muere necesariamente, pero no es abatido como en el matadero, es combatido. Porque el combate en el ruedo, aunque sea fundamentalmente desigual, es radicalmente leal. El toro no es tratado como una bestia nociva que podemos exterminar ni como el chivo expiatorio que tenemos que sacrificar, sino como una especie combatiente que el hombre puede afrontar. Tiene, pues, que ser con el respeto de sus armas naturales, tantos físicas como morales. El hombre debe esquivar al toro, pero de cara, dejándose siempre ver lo más posible, situándose de manera deliberada en la línea de embestida natural del toro, asumiendo él mismo el riesgo de morir. Sólo tiene el derecho de matar al toro quien acepta poner en juego su propia vida. Un combate desigual pero leal: las armas de la inteligencia y de la astucia contra las del instinto y la fuerza.

José Cubero "El Yiyo"

La corrida es, pues, lo contrario de la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas. Si el combate fuese igualitario, su práctica sería innoble para el hombre puesto que el valor de la vida humana se vería reducido al del animal -como en la formas de barbarie antigua que eran los juegos del circo romano-. Si el combate fuese desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de la vida animal se habría reducido al de una cosa -como en la barbarie moderna que suponen las formas extremas de ganadería industrial-. En la corrida el hombre no lucha ni contra un hombre ni contra una cosa. El hombre afronta su «Otro».

Una buena moral hacia los animales es también una moral diferenciada. No podemos ni debemos tratarlos a todos de la misma manera, al perro y al mosquito, al chimpancé y al toro bravo. Tenemos que ajustar nuestra conducta a lo que ellos son: sus necesidades, sus exigencias, sus tendencias, etc, evitando siempre el riesgo de antropocentrismo. Ahora bien, el toro de lidia es un animal naturalmente desconfiado, dotado como muchos otros animales «salvajes» de una especie de instinto de defensa, en su caso particularmente desarrollado, que se manifiesta desde el mismo momento de su nacimiento, la bravura, que lo incita a atacar de manera espontánea contra todo aquello que potencialmente pueda ser un «enemigo». Esta acción (o reacción) es la base de todas las tauromaquias. Y toda la ética taurómaca consiste en permitir a la embestida del toro, a esa fuerza activa, a esa naturaleza, manifestarse. La corrida no consiste en matar una bestia. Es todo lo contrario. La corrida, como su propio nombre indica, consiste en dejar al toro correr, atacar, embestir. Afrontar un animal desarmado, inofensivo o pasivo sería propio del matadero. La ética de la corrida consiste en dejar que la naturaleza del toro se exprese. Doblemente: en su vida, en su muerte.

Durante toda su existencia, en el campo, está en libertad. Y vive de acuerdo con su naturaleza «salvaje», rebelde, insumisa, indócil, indomable. En el momento de su muerte, combate hasta la muerte también de acuerdo a esa misma naturaleza: brava. Por cierto, el hombre quiere combatir, lo elige, cuando el animal está obligado al combate, no lo elige. Sin embargo el valor de la elección es un valor humano, la voluntad es una facultad humana, por tanto es cierto que el toro «no quiere el combate», pero no porque sea contrario a su naturaleza de combatir, sino porque es contrario a su naturaleza de querer, de elegir. Toda la ética del combate del ruedo consiste en permitir que la bravura del toro se manifieste. Expresarse, para el torero, es una cierta manera de estar inmóvil delante del toro; expresarse para el toro es una cierta manera de estar móvil, de moverse delante de cualquier adversario, congénere o no. Durante la lidia, el torero puede expresarse pero también debe permitir al toro expresarse a sí mismo, y lo que tiene por decir el toro bravo es algo así como: «Defenderé mi terreno, todo el ruedo es mío, todo el espacio es mi espacio vital, haré huir a cualquier extraño que lo pise, cogeré al que ose aventurarse, te expulsaré seas quien seas, volveré sobre ti para coger, y más, y más...» Ésta es la voz del toro bravo, tal como la hace oír el torero leal. El respeto por el toro en la plaza consiste en comprender esta voz que habla y finalmente hacerla cantar, en hacer pues una obra de arte con esa embestida natural y con su propio miedo de morir.


(*) Francis Wolff es catedrático de Filosofía de las Universidades La Sorbona (París) y de Sao Paulo (Brasil).



Fuente: ABC

Imagen: Fototeca Aragón. El 30 de setiembre de 1985, Burlero le partió el corazón al joven matador José Cubero "El Yiyo", de 21 años, en la plaza de toros de Colmenar (Madrid).

Artículos anteriores sobre tauromaquia:
- El Arte del toreo (14 de diciembre de 2006)
- Cómo se deben ver las corridas de toros (16 de noviembre de 2006)

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2 COMENTARIOS / :

Edgar Roberto Acosta A. dijo...

Primeramente cabe recalcar que el artículo en si reviste por parte del autor un gran conocimiento en todas las formas posibles del arte de la tauromaquia. Y es que en mi consideración las corridas y el torear a un noble animal como el toro de lidia es un arte. Esto tanto para ojos de aquellos se oponen como los que se encuentran a favor de tal práctica. Pero mezclar el tema con la ética en mi parecer es un poco exagerado, para esto me valgo de la definición que logre obtener de ética que más pudo satisfacer mi conocimiento.
Ética entonces viene del griego ethos, que significa costumbre por lo que la definición nominal de ética sería la ciencia de las costumbres. Pero lo que en realidad le interesa a la ética es estudiar la bondad o maldad de los actos humano, sin interesarse en otros aspectos o enfoques. Por lo tanto podemos determinar que su objeto material de estudio son los actos humanos y su objeto formal es la bondad o maldad de dichos actos. Con esto podemos da una definición real de la ética como la Ciencia que estudia la bondad o maldad de los actos humanos.
Con esta pequeña definición puedo decir no existe de manera alguna una ética hacia el animal. La ética existiría si se estableciera que existe bondad en la muerte del animal, porque la ética trata el hecho de si existe bondad o maldad en el acto humano como tal, y en este caso tal acto esta relacionado con el animal y su muerte en si. ¿Existe bondad en la muerte de cualquier ser vivo? A mi parecer no, y tomo el ejemplo del animal al cual sacrificamos para vivir, o comer o utilizar. En todos estos casos, la bondad no se encuentra presente ni en el corazón más humano. La muerte del animal es necesaria, tiene un fin. No un fin ético, un fin justificado. ¿Es lo mismo para el toro?

Edgar Roberto Acosta A.
Estudiante de Jurisprudencia.

Anónimo dijo...

Hola Buenas, me ha parecido muy interesante y acertada la visión del Sr.Francis Wolff y también el comentario de Edgar estudiante de Jurisprudencia.
A mi entender Edgar pienso que sí está justificada la muerte del toro, te explico porqué...
Al igual que Francis pienso que la igualdad en la plaza no puede ser la misma puesto que se convertiría en barbarie a modo de circo romano. Y claro está humanos y animales no compartimos una misma jerarquía en la sociedad. A mi entender pienso que las corridas no son más que una oportunidad extra a este astuto animal que tiene la cualidad de la bravura, que podría ser una metáfora a la masculinidad, valentía o arrojo que demostramos los hombres para que pueda salvar su vida hasta su vejez.También debo recordar que el toro puede salvarse si demuestra estos valores por lo que hay compasión con los animales y compasión y violencia son distintos a mí entender. Además esta labor solo puede ser desempeñada por personas dedicadas y preparadas para ello ( LOS MATADORES DE TOROS ) que están bien remunerados bien pagados pero a cambio deben de sacrificar lo que al fin y al cabo es matar a un animal y no solo eso deben de extraer toda la bravura posible del animal y además haciéndolo con belleza que es para lo que la gente va a la plaza.
También está justificada en el sentido de que el animal es utilizado como cualquier otro bóvido en el mercado.

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