miércoles, 12 de noviembre de 2008

Sebastián Castella

Artículo publicado en el diario ABC, el 15 de setiembre de 2008, por Juan Manuel de Prada (*):

A Sebastián Castella, el torero de Béziers, lo descubrí la temporada pasada en una corrida de San Isidro que salvó mi afición taurina. Castella tuvo que bregar aquella tarde con un toro que era una alimaña, bajo un diluvio que borraba los contornos de las cosas y convertía el ruedo de las Ventas en un barrizal. Fue la suya una faena homérica que me detuvo la sangre en las venas, sobrecogedora de principio a fin, con un Castella que parecía un soldado en el bosque de las Ardenas, mínimo y solo ante la vastedad del miedo, pisando descalzo los charcos como quien pisa un campo sembrado de minas. El toro no miraba la muleta, ofuscado por el cortinón de agua que caía sobre Madrid, y volteó en varias ocasiones al francés, buscándole las entretelas del corazón; pero Castella, que tiene un corazón fundido en alguna aleación inexpugnable, siguió citándolo desde lejos, siguió pisando los terrenos más comprometidos, hasta convertir la plaza entera en una plegaria de congoja y helado espanto. Decía Foxá que el toreo es un ballet con música de fondo compuesta por la Muerte; y aquella tarde, Castella, más que danzar al son de esa música, se abrazó a ella con ansias de enamorado, como si quisiera zambullirse en su dulce amado centro, como si quisiera correr el último velo que separa el más acá del Más Allá, para abrasarse en el manantial donde fluye el agua última. Quedé aquella tarde estremecido de un temblor que aún me dura, cuando lo evoco.

Sebastián Castella junio de 2007
TOREANDO BAJO LA LLUVIA. Sebastián Castella, el torero francés, en junio de 2007. (Foto: EFE).

Mi hija Jimena se enamoró a primera vista de Castella una tarde que fuimos a visitarlo a su habitación de hotel. Castella es tímido y enjuto, con una belleza de ángel atribulado que a veces se desdice en una sonrisa apenas formulada; tiene algo de poeta asediado por dudas tenaces y algo de adolescente taciturno que cuando cae la noche se refugia en el ensimismamiento. Cuando lo visité con mi hija Jimena en su habitación, salió a recibirnos en camiseta y pantalón corto, descalzo como el primer día que lo vi torear en las Ventas; y sobre su piel joven las cicatrices urdían una escritura pálida y sigilosa, como marchamos de ultratumba. A mi hija Jimena le impresionaron mucho las cicatrices; y también aquella especie de laconismo ruboroso, huidizo de los halagos, con que Castella se expresaba, esa parquedad que es señal distintiva de los hombres valientes que han hecho de su valor una escuela de austeridad. A Castella también lo he saludado alguna vez en el patio de cuadrillas, minutos antes de que suenen los clarines del miedo; y hay en su actitud un recogimiento casi religioso, una suerte de unción compungida en la que se le transparenta el alma. Me han dicho que Castella es muy devoto de la Virgen; y que, allá donde torea, pide que lo lleven ante la imagen de la patrona del lugar, para ponerse bajo su protección. Y la Virgen, que es la novia de los toreros cabales, nunca lo deja en la estacada.

Sebastián Castella en Xalpa
ESTÁ EN MÉXICO. Castella, en una tienta en Xalpa, el sábado pasado. (Foto: Jason Morgan).

El sábado vi torear a Sebastián Castella en Salamanca, bajo un cielo claro como la fe de la infancia. Castella siempre sale a la plaza con un ímpetu de intensidad que a veces se troncha si le cae en suerte un toro descastado. Parece como si deseara exponer su alma en cada lance, como se expone intrépida una sábana en el tendedero, pero si el adversario no acompaña su denuedo Castella se ofusca y entenebrece, como la ilusión del soldado se ensucia esperando al enemigo que no llega. Así le ocurrió en el primer toro, que acabó despachando muy malamente. Pero con el segundo se metamorfoseó en ese torero que se pasea por el alambre del riesgo como si hubiese perdido la conciencia de su condición mortal, como si quisiera ofrendar a los aficionados el alma que se le transparenta bajo el traje de luces. Castella citó al toro desde lejos, moviendo la muleta como si fuese un péndulo; lo citó de espaldas, con los pies clavados en la arena arcillosa de la plaza, que tenía en su color una premonición de brusca sangre; lo citó desde el Más Allá, invitándolo a abrevar de ese manantial donde fluye el agua última. Y, mientras lo citaba, los planetas dejaban de girar en su órbita y los pulmones se olvidaban de respirar, atenazados por la emoción. Castella salió a hombros de la plaza; y, aunque sonreía muy tímidamente, en sus ojos todavía se avecindaba la Muerte, tantas veces abrazada, tantas veces sometida por su arte. El sábado volverá a abrazarla y someterla en Nîmes, donde se encierra con seis toros.



(*) Juan Manuel de Prada es un novelista español nacido en Baracaldó, Vizcaya, en 1970. Ganó el Premio Planeta en 1997 con su obra La tempestad. Es licenciado en derecho por la Universidad de Salamanca aunque nunca ha ejercido la abogacía. Irrumpió gratamente en el panorama literario en 1995 con la obra Coños, curioso libro en homenaje al escrito por Ramón Gómez de la Serna en 1917, Senos. A los 27 años, The New Yorker lo incluyó entre los seis escritores más prometedores de Europa. Es autor de La vida invisible (Premio Nacional de Narrativa de España), El séptimo velo (Premio Biblioteca Breve). Ha escrito desde sus inicios para el diario ABC obteniendo por su labor periodística los premios Julio Camba (1997), César González-Ruano (2000), Mariano de Cavia (2006), entre otros.



1 COMENTARIOS / :

cristhianzh_12 dijo...

hola sebastien te vengo escribiendo muchas veces soy de arequipa - peru me gustaria ser como tu parado como un poste parado y el toro pasa humillao ante tus pies mi pasion son los toros y quiero ser una figura ayudame porfavo mi correo es cristhianzh_12@hotmail.com

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