martes, 25 de noviembre de 2014

La fortuna de Buenacopa


Así que pasen cinco años

A ver, los toreros y ganaderos taurinos producen esto: Buenacopa, un toro bravo de lidia que ha vivido a toda leche y pasto a su libre albedrío y que ya adulto de cinco años iba a morir una tarde, con otros cinco ejemplares como él, en la plaza.
Fue una lid de media hora en la que pudo haber matado a su matador y finalmente fue indultado por su bravura para regresar a reproducirse como semental en el campo ecológico, donde se crían cientos de vacas y bueyes que no van al coso y mueren de viejos. También viven ahí varias especies de flora y fauna en peligro de extinción, que el hombre no puede depredar por miedo a los toros bravos. Todo esto subvencionado por miles de aficionados que asisten a los festejos.
¿Un negocio? Mucho más que eso, una industria que genera empleo, turismo, divisas, arte, folclore, es decir, cultura en su más estricta definición sociológica.

Buenacopa y Buenacopita, semental y su cría, en la ganadería Herederos de Iván Rodríguez, Ayacucho, Perú
Esa misma tarde, en la privada soledad de los camales, miles de becerros de menos de dos años, que han vivido amontonados solo para el engorde hacen una cola que dura horas, en un callejón de metal, hiriéndose unos a otros, escuchando estertores, oliendo la sangre y finalmente viendo como sus hermanos caen antes que ellos del cadalso donde les apuntalan y, medio vivos aún, les sacan las vísceras porque así saben más rico

Camal Municipal de Catacaos, Perú / Diario Correo

La mayoría de personas, que sin dudar le diría sí a la desaparición de las corridas y, junto a estas, a la extinción del toro bravo, cree que el animal de engorde muere por necesidad, para alimentar a la gente, mientras que el de lidia es torturado para que los taurinos gocen con su sufrimiento.

No hay que matar tanto bovino para la alimentación humana, en realidad no es necesario sacrificar a ninguno. Se crían y matan millones de animales para satisfacer un gozo nada santo: la gula, esto es, matar por puro placer.

Es más fácil acusar a los semejantes -liberar iras creyendo que uno ha nacido con una moral superior- que ponerse en la situación del otro, ver una corrida, discernir entre cuándo se dicen los oles y cuándo se indignan los aficionados, tratar de entender otro tipo de cultura, comprobar que el fin último del toro de lidia es el mismo que el de sus congéneres en el camal, la venta de su carne para el consumo humano.
¿Por qué miles de becerros para McDonalds sí y seis toros para Acho no?

EL SILENCIO DE LOS TERNEROS. Becerros para McDonalds en una granja de Inglaterra

En los casi 250 años de historia de la plaza de toros de Lima no se han sacrificado allí más animales que los que se matan cada uno de los días del año en la ciudad para alimentar el cáncer que algún día nos ha de matar con prolongada crueldad y saña sin que podamos defendernos y salvarnos, como Buenacopa.

Los antitaurinos odia gente -una minoría comparada con aquellos a quienes realmente no les interesa el asunto y con los taurinos que asisten por miles a las plazas de toros- los intolerantes, a quienes tanto les gusta humanizar al toro bravo y tratarlo como un peluche, deberían ir a conocerlo por primera vez en su vida y a preguntarle si preferiría salvarse de los malvados toreros y ponerse en el lugar de las reses destinadas al desolladero, o peor aun, si quisiera vivir y morir como lo hacemos la mayoría de los humanos.

Plaza de toros de Chalhuanca, Apurímac, Perú, 2 de agosto de 2014. Más que un negocio, las corridas son una industria que genera empleo, turismo, divisas, arte, folclore... sociológica cultura
La polémica taurina se trata de sensibilidades, de soportar o no ver en público la muerte de un animal que de todas maneras va a padecer dolor y morir, como todos los que tienen contacto con el ser humano. Pero también se trata de hipocresías, de agredir a otros ciudadanos por no ser tan sensibles como nosotros, mientras nos llenamos la boca de pollo a la brasa y defendemos como carnívoros el pedazo de pellejo que nos toca.

El asunto de los toros de lidia, de los que la mayoría se acuerda una vez al año, no se trata de ganar una discusión, se trata de entendernos entre semejantes, respetando la libertad individual, el patrimonio cultural inmaterial de los pueblos, la libre determinación; teniendo como objetivo principal la sobrevivencia de los encastes bravos, la conservación de su patrimonio genético y de su hábitat por sobre todas las cosas.

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